Excerpt for Axtlantis y los platillos voladores de Porfidio Deyz by , available in its entirety at Smashwords

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José Luis Talamantes


Axtlantis

y los platillos voladores

de Porfidio Deyz



1.a Edición





Marca registrada ® 2018 por José Luis Talamantes

Todos los derechos reservados





Imágenes de ® José Luis Talamantes

Ilustraciones por Gregorio Utrera Medina

® 2018 por ediciones lulu.com

www.lulu.com





ISBN EPUB 978-1-387-87561-0

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.



Inspirado en hechos ocurridos en un universo alterno

(muy diferente al nuestro).





Mi gratitud del tamaño de Cemanáwak para Ocelocoatl Ramírez, Frank Díaz, Guillermo Marín y Patrick Johansson K. (youtube them).



Mis dedos están rígidos por la edad. Ya no puedo escribir. La humonidad* ignorará siempre lo que ha sido de este gran pueblo. Nuestra civilización le ha asentado un golpe tan duro que no podrá levantarse, y puede ser que jamás se sepa qué gran altura intelectual había alcanzado.

Fray Bergadino de Asegún.



Los indianos tienen mucha capacidad pero los instruidos se vuelven menos dóciles y resignados que los ignorantes, entonces sólo kristalianícenlos, mas no los eduquen.

Fray Jetónimo de Mendigueta.



Vosotros los lexicanos sois más surralistas que mis pinturas. No os puedo soportar. Cada uno de vosotros me haceís sentir ordinario e inofensivo. Me marcho de inmediato. No me volvereís a ver por aquí. Lo parezco, pero a diferencia de vosotros, no estoy loco. No quiero que me contagieís. ¡Hasta nunca y manteneos lejos de Hispaña! ¡Y qué viva el rey!

Salviador Balí, maestro del surralismo.



*Al final de la historia se incluye un glosario de los términos distintos a los de nuestro universo.

Prólogo

¿Cómo mejoramos al sistema? Creando arte.

Terence Mckenna

Aunque lleve un título que de momento no se entiende, esta es la historia de Léxico, un pueblo premoderno en pugna consigo mismo. Un país adolescente con severas dificultades para regirse con la madurez inherente a la edad adulta. A principios del Siglo XXI, al cumplir 200 años (todo un jovenzuelo zarandeado por las hormonas), su descomposición cultural mantenía al estado de derecho pendiendo de un cabello deshilachado. De lleno en la era de la informática, la corrupción y la inconciencia prevalecían en el accionar de los ciudadanos de arriba, de en medio y de hasta abajo de la pirámide social. La impunidad y las negligencias extremas aromatizaban el aire con pútridas fragancias. Así como las moscas nacen de entre los excrementos, la atmosfera era la propicia para que de sus hediondeces emergiera un héroe purificador, o para que los vapores tóxicos terminaran por asfixiar a la nación, lo que llegara antes.

Aunque no se crea, Léxico no siempre fue una patria en trance de putrefacción, en otra vida, cuando se le conocía como Anáwak, está región del mundo destacaba por sus ciencias y prácticas políticas, sociales y educativas; abundantes todas ellas en entereza y eficacia. Imposible narrar en un prólogo la degeneración paulatina de sus millones de habitantes, pero tal vez algunos ejemplos del surralismo lexicano nos revelen la magnitud de su pestilencia.

La deficiente salud del pueblo era uno de los problemas más acuciantes; incluso los niños padecían enfermedades crónico degenerativas propias de la senectud, provocadas por una alimentación defectuosa. Y no es que faltara comida en sus estómagos; faltaba calidad en sus comidas. La comida chatarra (endulzada, acidificada, salada, engrasada y/o enchilada hasta niveles cercanos a lo vomitivo) era la más vendida en los abarrotes.

Para magullar aun más la ya deteriorada salud de Léxico (número uno del mundo en obesidad infantil), con la colaboración de los ciudadanos, las epidemias se propagaban como si fuesen inevitables. Bacterias perniciosas como la salmonelosis (cien por ciento prevenible y erradicada de los países desarrollados), disminuían la calidad existencial y la duración sobre la vida de los lexicanos. La principal causa del contagio: los lexicanos que solían comer en la calle (todos), se infectaban con frecuencia porque las compatriotas manos cocineras alojaban residuos fecales en sus dedos, colguijes excrementicios que, tras limpiar con papel sanitario el culo recién aliviado, no fueron retirados como era debido, emponzoñando así los alimentos de los comensales con microscópicas heces contaminadas. Los chefs conocían la mecánica de la infestación; aun así lavaban sus manos con descuido, sin aplicar la suficiente cantidad de agua, jabón, gel antibacterial y fricciones; a pesar de saberse portadores del microbio y responsables de la salud de numerosos tubos digestivos. Como si lo hicieran a propósito. Como si la venganza fuese el ingrediente secreto de sus platillos. A falta de un vocablo en el hispañol que describiera tales conductas barbáricas, en el lenguaje coloquial nació un concepto de una precisión y veracidad elogiables; el valemadrismo (para el que no comprenda el sentido implícito en el término, en el ejemplo anterior, significa más o menos esto: me importa una mierda la salud de mis clientes).

Las más pestilentes excrecencias provenían de la clase política; antes de las elecciones presidenciales del 2018, enardecidos por sus desfalcos y mentiras, el hedor y el encono social arreciaban. Mediante campañas publicitarias en todos los medios (con un costo de decenas de miles de millones), el mandatario saliente demandaba aplausos para sus logros. En lugar de aplaudir, el pueblo le mostraba el dedo medio de las dos manos. Y es que, mientras su sexenio duplicaba la deuda eterna y los funcionarios públicos recibían aumentos recurrentes (aprobados por ellos mismos), el salario mínimo se marchitaba como flor arrancada de su tallo. Los suicidios relacionados con la miseria se diseminaban cual semillas de mala hierba. 53 millones de lexicanos vivían en el desespero de la pobreza (los caídos en la pobreza moderada, incluso en verano, sentían en los huesos el viento frío de la pobreza extrema, mientras que en los cuerpos de los marginales bullía más muerte que vida). La impotente clase media perdía estatura con cada aumento al precio de la gasolina (en ese momento, pese a tratarse de un país petrolero que refinaba la mitad de la gasolina que consumía, como por arte de magia negra, el litro costaba un 70% más que en Estados Urdidos de Amórica).

La deplorable economía era para los lexicanos un agudo dolor de cabeza (o retortijón de tripas, según el caso); si bien el territorio nacional era pródigo en recursos naturales, los frutos de su extracción eran recolectados mayoritariamente por compañías de otras naciones, por los que pagaban ínfimos impuestos. Cuatro de cada cinco nuevas pymes (micro y pequeñas empresas), responsables del 85% de los empleos, héroes ignorados, rosas en el desierto, no sobrevivían más allá de los tres años de edad. Las tasas crediticias se alzaban más alto que las del resto del mundo, entorpeciendo el progreso económico de los deudores. Pero no sólo carecían de dinero las carteras y los bolsillos lexicanos, también los cerebros se encontraban escasos de conocimientos y de actualizaciones en sus redes sinápticas; diversos estudios colocaban al dividido y vencido pueblo lexicano en el último lugar en la lista de los países con mejor comprensión de la realidad; el 40% pensaba que en las librerías se vendían libreros; muebles para ser adornados con las fotos de la familia.

Por si no bastara con las complicaciones anteriores, la venta clandestina de sustancias prohibidas concedía altas dosis de poder a los lexicanos más primitivos. Sin pagar impuestos ni respetar las vidas de sus paisanos, blindados con las armas más devastadoras, compradas a sus principales clientes (los vecinos de arriba del mapa), los cárteles se disputaban las plazas, salpicando chorros de sangre sobre la nación como rociadoras de jardín. Con la sangre como protagonista de todos los titulares; Léxico era un organismo en guerra contra sus entrañas.

En un derroche de altruismo y compasión, desatendiendo a sus intereses primordiales (futbol, cerveza, sexo, fiestas y chismes), con la cólera asomando su lumbre en el iris de los ojos, el pueblo (una disculpa por la expresión), sanguijueleado durante siglos por propios y extraños, formulaba su diagnóstico infalible: “no tiene pierde, no vivimos como los uropeos por culpa de los empresarios, enfermos de codicia; entre más tienen, más quieren, igual de culpables son los estadourdidenses abusones, pero los peores son los del mal gobierno. Yo quisiera involucrarme en la política porque soy muy honrado y apenas si me cabe el corazón en el pecho, lo malo es que la escuela nomás no se me da. Tampoco soy rico porque no me gusta explotar a nadie”.

En la cúspide de la incongruencia, la mayoría reclamaba más beneficios de parte del estado, al tiempo que exigía una disminución considerable en los impuestos (de preferencia del 100%). Pese a que no se veía por dónde, en el pueblo abundaban los convencidos de conocer, de cabo a rabo, la solución redentora: “estaríamos mejor con quien ya saben quién, él sí sabe qué y cómo, no está tan difícil; en Léxico hay mucho dinero, que se reparta mejor, y que se acaben los desvíos y los altos salarios a políticos, con eso basta y sobra”, aseguraban sin vacilaciones ni matemáticas los CaFeSiTos.

“Hacen como que me pagan, yo hago como que trabajo”, era el lema profesional de muchos. “El que está jodido es porque quiere”, afirmaban los defensores del status para justificar el expansivo abismo que separaba a los ricos de los pobres. En su último informe de gobierno, el presidente Enricín Pena Miento reprendió al pueblo por calumniarlo: “yo no sé de qué pobreza hablan, si el PIB dice muy claramente que hemos progresado en mi sexenio, son fake news, no se dejen engañar por los que les alborotan las mentes, erradiquen la pobreza de sus corazones, repitan conmigo: sí merezco la abundancia, sí merezco la abundancia…”. Hasta el Papapa expresó su opinión al ser cuestionado sobre el violento desorden lexicano: “es Satanates el que anda haciendo de las suyas en Léxico, no les perdona que La Virgen los haya elegido para manifestarse, deberían alegrarse de su espléndida fortuna”. “La cultura lexicana es una mierda, en cuanto pueda me largaré a Japorn y no volveré nunca, a ver cómo le hacen sin mí”, rumiaban los malinchistes. “Si estuviera a mi alcance, con la condición de que ningún animalito resultara lastimado, presionaría el botón final para que la hecatombe nos extirpara del planeta”, publicaban los misántropos en sus muros.

La raíz causal de las patologías psicológicas de los lexicanos se extiende en el pasado hasta el Big Gang Bang. Al estudiarla, comprenderíamos el desprecio que el ser humono experimenta hacia su condición humona y que tuerce su comportamiento a grados autodestructivos. Pero esa historia y sus reverberaciones ya fueron narradas por el mito del Medén. El autor no podría relatarla con mejores metáforas. No hace falta repetirla.

Ciñámonos entonces a la especificidad de los trastornos lexicanos, haciendo un recuento de las cuantiosas inmundicias que pudrían el alma del mozuelo país: una política bizca, un sistema de salud enfermo, una educación incompleta e insípida, una violencia muy bien alimentada, una percepción caricaturesca del mundo, una ineptitud no asumida, una desidia laboral heroica, una espiritualidad sin poder transformativo… Un caos hecho y derecho, donde alguna vez hubo orden y florecimiento individual y social. Odio a la élite y desacato, donde se amó y obedeció a los líderes sapientes. ¿Cómo se llegó a semejante disfuncionalidad, se preguntará el lector? ¿Cuándo se perdió el entendimiento de que el bienestar personal y el colectivo son interdependientes? ¿A dónde se esfumó la sabiduría anawaka? ¿Hay remedio? Las razones del retroceso se nos vuelven comprensibles si nos movemos a través del tiempo, al año aproximado de 750 después del Kristal. Al día en el que dos mundos (mágico el anfitrión, mítico el visitante) se encontraron con escasa fortuna en el centro del Léxico antiguo.

Ojalá el recorrido nos ayude a entender el desbarajuste asentado en las psiques lexicanas. Ojalá y así sea, porque si las causas de la podredumbre y la insensatez comunal permanecen ocultas, debajo de ellas se esconderán las brisas que podrían ventilarlas, y la fetidez se volverá tan dañina que Léxico morirá intoxicado por sus propios gases y supuraciones.

Entretanto, por si lo hasta aquí expuesto no fuese ya demasiado, sin importarles nacionalidades ni conceder tiempos fuera, las substancias de la vida se densificaban en torno a los seres humonos y demás seres sintientes.

Tic, tac, tic, tac, tic, tac…



El desencuentro



-¡Bienvenidos, guerreros florecidos!

Entonaba con alegría la multitud mientras los gigantes cornudos subían por la escalinata de la pirámide lunar. En la cúspide los esperaba El Taneke, Señor Voz y Ojos de los axtlantes y tribus adheridas. Finalmente, El Soñador de Anáwak, El Guía de los pueblos, experimentaba en la vigilia la más preciada de sus visiones oníricas. Tantas noches su Divina Madre le mostró este futuro, esta reunión en la que protagonizaría el arribo a la Gloriosa Axtlantis de hombres foráneos, transmutados como las mariposas. Ninguno de sus sueños fue tan excitante.

Pronto lamentará su error. Los pretendidos emancipados que a él se acercaban eran humonos ordinarios sin mayores logros espirituales. Un grupo de vilkingos que se atrevió a navegar más allá de los bordes de su mundo. Cruzaron el Océano Atlético hasta llegar a estas tierras asombrosas. Entre estas gentes han visto fenómenos inconcebibles. Estaban convencidos de encontrarse en el Malhalla, salón principal de Axegard, reservado para la recepción de los muertos más valerosos. Quizá morimos y no lo recordamos, repetía el líder vilkingo a los suyos desde que aterrizaron.

Aunque lo había imaginado más alto, blanco y barbudo, veía en El Taneke que los esperaba con los brazos abiertos al mismísimo Padre de Todo: Wodín, creador del mundo y sus lumbreras. Su anfitrión era también conocido como El Plateado; con elegancia, la plata adornaba su cuerpo y cada centímetro de sus atavíos. Incrustaciones e hilos de oro aumentaban el deslumbre. Como un espejo tridimensional, su cuerpo reflejaba la luz de Coyolxauki; su Hermana Celeste. Sólo El Padre Supremo podría brillar tanto.

En los dos bandos sobraban motivos para considerar a los otros como seres sagrados. Los axtlantes se encontraban ante hombres de dimensiones intimidantes. El albor de sus pieles era exclusivo de las cumbres de las montañas y de las nubes. Su desbordante alegría y estruendosas carcajadas sólo eran concebibles en creaturas sobradamente confiadas de su poder. Sus músculos eran una advertencia tajante de su descomunal fuerza. Todo en ellos apuntaba hacia los cielos.

Los nórdicos veían con estupefacción las esferas flotantes que iluminaban el lugar. No había leña que las alimentara y su fuego no quemaba. A pesar de que la luna llena contribuía con su resplandor, su presencia no explicaba la luminosidad casi diurna que los envolvía. ¿Magia de los dioses? Se preguntaban entre sí.

Las colosales pirámides eran otro indicio del carácter divino de sus anfitriones. Los vilkingos no las construirían ni en mil años; sus cuerpos no podrían con los pesos, ni sus mentes con los pormenores de un acomodamiento tan exacto. De la cima caía un chorro de agua que se dividía al llegar a la explanada y seguía cayendo hacia los lados, aportando frescura y música al ambiente. ¿Cómo lograban que el chorro subiera? Otro misterio.

El líder de los vilkingos era el más entusiasmado con el espléndido recibimiento. Aun así no soltaba su enorme hacha; su condición de líder le obligaba a velar sin desidias por la seguridad de sus hombres. No podía confiarse de lleno; podría tratarse de una jugarreta de Lokín, dios de los engaños. O peor; tal vez se encontraban en los dominios de la diosa Jela, señora del inframundo, y sus hospedadores eran una horda de demonios, esperando un descuido para atacar. Acallaba sus intranquilidades para no atemorizar a su gente. Tenía la esperanza de encontrarse en camino a recibir una recompensa acorde a sus voluntariosas victorias.

Un banquete los esperaba en la cima. La mesa principal fue ocupada por El Señor de los Axtlantes, el jefe de los vilkingos y sus cercanos respectivos. La camaradería fue inmediata. Antes de los alimentos sirvieron pulque en jarrones de barro, infestados de hielos flotables. Maravillados, los vilkingos no entendían los cómos del prodigio. También entonces el hielo mostraba el hábito egoísta de fundirse al contactar con el calor, Axtlantis era un lugar de clima templado, ¿de dónde lo obtenían? ¿Qué hacían para conservarlo? Más enigmas.

No hubieran dado crédito los vilkingos de otro fenómeno inusual que ocurría a su alrededor; los escalones de la pirámide se encontraban atestados de axtlantes, todos querían participar del encuentro. Cerraban los ojos y colocaban su mano sobre el hombro del vecino superior, así se transmitían las audiovisiones de los de arriba de la fila. Todos, hasta el de más abajo, sin fallos en la transmisión, recibían los diálogos y emociones del festejo.

Después de beber un par de jarrones, la empatía creció sin trabas. Los vocablos de ambos lenguajes compartían una conexión subyacente. Con la ayuda de gestos, el entendimiento era sorpresivamente pleno. Envalentonado por los tragos, el líder vilkingo se puso de pie, raptó el derecho a la palabra y, electrizado, declaró con toda su voz:

-Seguramente ya lo sabes, Admirado Señor pero permite que me exprese; mi nombre es Kendall Cute, Querido Dios nuestro y de nuestros padres.

El Taneke repitió concienzudamente el nombre de su invitado.

-Kenda... Cu… Kent… ¡Ketzalcuate! ¡Eres un Ketzalcuate! ¡Lo sabía pero no me atrevía a creerlo por entero! ¡Mi Señora Madre me lo informó en mis ensueños! ¡Soy el Primer Taneke en recibir la visita de hombres celestes de otras tierras! ¡Los hemos esperado por generaciones! ¡Qué alegría la nuestra!

Compuso lo que oyó a manera de satisfacer sus expectativas. El vilkingo se sintió halagado e importante, sin lugar a dudas sus hazañas fueron vistas, y finalmente recibían la valoración merecida. Agradeció a su segundo dios favorito por el apoyo:

-¡Sin los favores de Thol, poderoso dios del relámpago, no lo hubiéramos logrado!

-¿Thol?

Cuestionó El Plateado. Kendall hizo onomatopeyas de truenos y lluvia.

-¡Ah! ¡Tlolok! Sí, es una admirable fuerza de la naturaleza. Agradecemos con ustedes que sus tormentas no les condujeran al naufragio.

Kendall dio gracias por no haber caído en los enredados embustes de Lokín, dios de los engaños. El Taneke lo vinculó con Popotzín, personificación de la muerte, y en nombre de Axtlantis agradeció que hubiesen llegado vivos y sanos.

Así continuó Kendall agradeciendo a todo su panteón de dioses. El Plateado encontró un correlato en su cosmogonía para cada uno; para la diosa del amor, el dios de la guerra, el dios de la potencia sexual, el dios cura diarreas, el dios anti insomnio, el dios de la comida, etc. Kendall dejó al dios principal para el agradecimiento con el que cerraría su discurso.

-Pero ante todo, debo agradecer a nuestro Padre Creador que todo lo ve. Gracias Wodín, Mi Señor Reverenciado.

Al recibir esas palabras, la cara del Taneke mudó al desconcierto. El Señor de Axtlantis cuestionó al visitante, esperando haber escuchado mal.

-¿Creador?

-Sí, ¡Oh Señor Creador de los seres humonos!

El velo sugestivo que El Plateado traía sobre los ojos se disipó. Un frenético revolvimiento intestinal lo trajo con violencia a la realidad; estos gigantes eran unos farsantes, unos embusteros que mancillaban la verdad con sus mentiras amañadas. No debió ignorar los cuernos de sus cascos, sus intestinos se lo advirtieron pero los mandó a cagar. No pudo seguir callando ante la injuria:

-¡Mientes! ¡La creadora de los seres humonos es Nuestra Señora Madre Adorada Cuatlacobe!

Aclaró El Taneke con la voz cimbrada por la indignación. Kendall entendió las razones del barullo; no se encontraba ante Wodín, sino ante el rey de algún territorio exótico. A diferencia de su convidante, ya había tenido contacto con culturas de creencias irracionales. Intuyó que se encontraba ante un caso de diferencias mitológicas. Encontró conveniente darle al Taneke por su lado y trató de disculparse, desdiciéndose:

-Tienes razón, me equivoqué. Perdón. La creadora de los seres humonos es Ella. Respetamos a tu Venerada Madre.

Ya tergiversado de los ánimos, embrujado por la cólera, El Taneke mal tradujo la disculpa. En la última frase entendió:

-¡Tzinga a tu Venerada Madre!

Pero no piensen mal, el lenguaje es un ente que evoluciona de continuo; en aquellos tiempos y lugares, decir tzinga era lo mismo que decir obedece, con lo que obtenemos: obedece a tu Venerable Madre. El falso Ketzalcuate insinuaba que El Taneke era un hijo desobediente, un mal hijo. Ninguna acusación podría ser más herética y falaz, pues Taneke significaba justamente lo opuesto: hijo más humilde y obediente. Y la grandeza de Axtlantis era prueba irrebatible de la perversidad del insulto.

Los temores del Plateado cristalizaron, los forasteros resultaron ser criaturas falsarias, bestias sin conocimiento de la esencia profunda del universo. Ofendieron a Su Madre y luego a Él, El Adorado, no había más preguntas por hacer. Antes de que los impostores continuaran blasfemando, El Señor de los axtlantes ordenó histérico a su pueblo, igualmente ofendido, que sólo esperaba su autorización para embestir:

-¡Mis hermanitos, ustedes los escucharon! ¡Nos rayaron La Cuatlacobe! ¡Mátenlos a todos!

Temerosos por haber ofendido a los cuantiosos axtlantes, los vilkingos tomaron sus hachas, las habían acomodado a sus pies, esperando no necesitarlas. No pudo ser. Los iracundos axtlantes, grandes atletas pero pésimos guerreros (siglos de paz les atrofiaron el instinto bélico), se les echaron encima como fieras sin garras. El primer hachazo de Kendall partió en dos a tres axtlantes. Hasta entonces, los demás vilkingos se percataron de que los supuestos dioses eran soldados desmañados, combatientes enanos sin malicia táctica. La diferencia física era significativa. Todos los vilkingos medían arriba de 1.90 metros, mientras que El Taneke, el más alto y mejor dado de los axtlantes, alcanzaba apenas el metro setenta.

Sin embargo, la balanza numérica estaba muy inclinada hacia los pigmeos; los vilkingos eran medio centenar, los axtlantes en edad de batalla, decenas de miles. Kendall supo que los vencería el cansancio si se quedaban a combatirlos. ¡Retirada! Ordenó. Bajaron de la pirámide repartiendo hachazos hacia los cuatro vientos. Los axtlantes se estorbaban entre sí, facilitando las maniobras marciales de los expertos combatientes. Los locales caían de las alturas como un lastimero chorro de cuerpos troceados. Los nórdicos subieron a la balsa más grande y remaron hacia la orilla del lago artificial que rodeaba a las pirámides.

Los axtlantes los persiguieron sobre las balsas sobrantes. Los fugitivos llegaron al borde del estanque y corrieron hacia el mar. La persecución se prolongó hasta medir dos meses de largo. Los agraviados informaban de la ignominia a los pueblos que cruzaban, todos socios y también hijos vigilantes del honor de Su Señora Madre. El número de encrespados crecía a cada kilómetro.

La deplorable ineptitud del ejercito axtlante colaboró a favor de las posibilidades extranjeras. No obstante, la fatiga les jugaba en contra. Al borde del agotamiento y la derrota, tal vez guiada por Wodín, una piedra lanzada por Kendall se estrelló contra la frente del Taneke. Aparatosamente, El Amado cayó con la conciencia salida del cuerpo, arrancando del colérico trance a todos los anawakas. El desvanecimiento del faro de sus vidas les infundió una angustia que los agarrotó. Sin poder respirar, lo rodearon para cerciorarse de su condición. No era la primera vez durante la cacería que El Plateano se desvanecía, para ser estadísticamente francos, murieron más anawakas pisoteados por sus propios hermanos que por el filo de las hachas vilkingas (perjuicios pertinentes a las muchedumbres descontroladas). El Taneke recibió codazos, puntapiés, topes, empujones, rasguños, zancadas, rodillazos, piquetes de ojos y bofetadas, la mayoría provocados por su propia impericia guerrillera (se atravesaba él sólo). Cada vez que se le iba la conciencia a otro mundo, los anawakas, unidos a Él por un grueso cable supra sensorial, se percataban de inmediato de su desconecte y cesaban sus ataques, acudiendo al auxilio del Señor.

Kendall lo dedujo desde el principio. Atinando al clavo, supuso que si mataba al Taneke, los anawakas perderían el norte y desvariarían, abriéndoles una brecha de escape. Trató de apedrearlo muchas veces pero nunca estuvo lo bastante cerca. Sólo esta piedra tuvo la puntería y providencia necesarias en su vuelo. Kendall y doce sobrevivientes aprovecharon el despiste para llegar al mar y acceder a su navío. A salvo, extenuado y malherido, el líder de los nórdicos maldijo a los axtlantes que, con El Plateado ya repuesto, se amontonaban en la playa:

-¡Les ofrecimos nuestras disculpas y las rechazaron como maniáticos! ¡Raza pendenciera y chiflada! ¡La paz escapará de sus tierras! ¡Volveré con diez mil barcos y arrasaremos con todos! ¡Lo juro por Wodín!

El Taneke fue el único en traducir correctamente la maldición. Hizo los cálculos mentales. Imaginó diez mil barcos, cada uno tripulado por decenas de vilkingos gigantes. Por su columna ascendió un brusco escalofrío; si estos cuantos vilkingos, en su huida, dieron muerte a miles de axtlantes, ¿qué masacre les esperaría cuando llegasen los diez mil barcos?

Su descomunal talento imaginativo despertó el carcomer del miedo sin fondo. Lo guardó para sí con el fin de no contaminar las almas de los suyos, para no mancharlas con el paralizante temor a la venganza vilkinga (no tuvo forma de saber que los vilkingos murieron a media travesía, no llevaban suficientes provisiones para el largo trayecto). Su padre y maestro, El Taneke anterior, lo educó bien para el puesto;

-El miedo es nuestro peor enemigo, muestra siempre a tu pueblo el lado luminoso con tu mejor sonrisa, con el miedo entrometido en la sangre, hasta un axtlante se convierte en un perro rabioso.

Sólo entonces, con sangre en las manos, El Amado entendió el miedo de su padre a las atrocidades concernientes a la guerra. Recordó las historias. El pasado de su pueblo. La sangre omnipresente. Los exterminios. El hambre. Los sacrificios humonos. El sufrimiento perpetuo. No podía permitir que sus hermanos lo recordaran. Sacrificaría su alma para no infectar sus afables corazones. Empleando su voluntad de hijo favorito de Cuatlacobe, empujó al miedo hacía el sótano de su ser. Como si nada pasara, alimentó a su pueblo con orgullo y algarabía.

-¡Carnalitos, lo logramos! ¡Defendimos el honor de Nuestra Señora Madre y expulsamos de nuestras tierras a los salvajes blancos! ¡Vamos 1-0! ¡Qué viva el invicto pueblo axtlante! ¡Somos los más humildes hijos de la Tzingada!

Entre vítores, todos se abrazaban dichosos. Como para dar carpetazo al acecho del miedo, El Taneke declaró que la hazaña merecía una coronación conmemorable. Anunció que su título pasaría a ser, en honor a la victoria axtlante: El Tlatanékete; gran hijo más humilde, obediente y vencedor. El júbilo de los victoriosos se multiplicó más allá de lo expresable por los números o las palabras.

A pesar de sus esfuerzos, el miedo enterrado provocó una fisura en el alma del Tlatanékete, abrió una incertidumbre que no llegaba hasta donde las palabras entran al mundo del pensamiento, originando, por encima del miedo, un mordiente sentimiento de culpabilidad; de buenas, los vilkingos eran muy simpáticos, sus sonrisas esplendían como lunas crecientes. En las honduras del ser, El Tlatanékete temía haberse precipitado. Tal vez sí eran mensajeros de Tronaltiu y venían a notificar sus instrucciones. También le avergonzaba su comportamiento de chichimeco. Le atemorizaba recordar las peores acciones que cometió en el lapsus. No se atrevía siquiera a recordar las torturas que él, con esas manos que entonces veía con recelo, y los suyos, infligieron a los vilkingos caídos por la debilitación. No se reconocía. No los reconocía.

A través de esas angostas rendijas, la cordura le insinuaba lo impensable: tal vez su cosmovisión no era la única. Tal vez ni él ni su gente eran quienes creían ser. Tal vez no eran hijos fiables. Después de todo, Cuatlacobe no acudió en auxilio de los axtlantes. Esas resquebrajaduras en el espíritu del Hermano Mayor de Axtlantis, conectado a su pueblo por hilos que los microscopios no alcanzan a ver, permeó por ósmosis psíquica hacia los suyos y se propagó de unos a otros por todo Anáwak. Sin saberlo, la grieta los separó lenta e inexorablemente, iniciando en este rincón del mundo la edad más peligrosa y de pronóstico impredecible; la era de hierro. Entre axtlantes y anawakas, la desconfianza hacía sus hermanos creció casi tan rápido como la desconfianza hacía sí mismos.

Con cinceles de metal (el recuerdo de las hachas vilkingas les robó el sueño profundo), la vida les talló en los huesos dos inflexibles lecciones: no confíes en los extranjeros y, la más punzante, hay un extranjero dentro de cada uno.

La primera y el primer Tanekes



Quinientos años antes del encontronazo vilkingo, en la agonía del tiempo olmoco (una milenaria era de paz y bonanza), un cataclismo orilló a los anawakas al borde de la extinción.
Vivieron décadas de hambre y desesperación. Una etapa sombría. Huyendo de su propia gente, que pretendía sacrificarla a la Diosa (y comerla después de martirizarla), detrás de unos matorrales, una joven se ocultó en lo que parecían colinas. Era la hija menor del último rey de Trollán, la única sobreviviente de la decaída familia real. Se recostó en la cima más alta, sin deseos de continuar en la vida. Nació en la fase decrépita de Trollán. Su vida privilegiada (vivió un poco mejor que el resto) le concedió escasas alegrías y pesadumbres innúmeras. Dos años antes su padre fue descuartizado por unos rebeldes que lo culpaban por haber ofendido a La Diosa, provocando su castigo Divino. Huyó con su madre mientras los subversivos asesinaban a sus hermanos. Para conservar a ambas dentro de los límites de la cordura, su madre le contagió el fervor por La Diosa:

-Ella encontrará la manera de ayudarnos, ya lo verás, ten fe.

Pero La Diosa no llegaba; desde entonces, sus vidas fueron un vivir en las sombras.

La descubrieron pocos días después de la muerte de su madre, no pudo con la soledad y se acercó demasiado. Los famélicos trollanos la reconocieron, y vieron en ella a la esperanza. Sacrificarla con sus colmillos para expiar las fallas del padre, fue la primera imagen que apareció en sus mentes. La pillada corrió sin parar, por días y noches. Minuto a minuto, el peso de la vida la asfixiaba más. Un fuego voraz ardía en sus pulmones, y no había esperanzas de mejora. El miedo y sus efectos agotaron sus parcas energías, ¿para qué seguir? Era cuestión de tiempo para que sus cazadores la atraparan. No cejarían en perseguirla, no sólo seguían las órdenes del hambre, su esquelética razón les aseguraba que, al comerla, con la anuencia de Cuatlacobe, volverían al mundo la lluvia y el equilibrio. La prófuga no aceptaba que La Madre Sagrada exigiera su vida en sacrificio. La Diosa que su madre le mostró no era una madre cruel. Su ser no cabía en la vida. Deseaba la muerte pero su cuerpo le temía al dolor y saboteó cada intento de suicidio. Antes de entrar en el sueño, la harapienta suplicó a Cuatlacobe que no le permitiera llegar viva hasta el amanecer:

-Madre, si necesitas mi vida para mejorar nuestras circunstancias, te la entrego sin restricciones desde este momento. Si me han de atrapar, llévame primero contigo para que se alimenten de mi cuerpo sin mí adentro. Quiero que sepas que no he perdido la fe en ti. Sé que tú nos quieres. No eres la culpable de nuestras desdichas. Sé que nos quieres ayudar pero, en nuestra arrogancia, hemos perdido los sentidos que a ti nos unían. Ayúdame a ayudarte. Ayúdame a ayudarnos. Me entrego a ti. Soy tuya para que me uses en beneficio de todos. Haz tu voluntad a través de mí.

Debajo de la mujer, entristecida por las crueles circunstancias vitales de sus amados hijos, sin vías de comunicación abiertas pero con su poder fortalecido por el lugar del contacto, por la infatigable fidelidad de su hija y por la luna que la llenaba de luz, Cuatlacobe escuchó la ofrenda. El alma de la fugitiva estaba tan dispuesta que se rindió; dejó de luchar en contra de su contexto. Soltó su deseo por una mejor realidad. Al aceptar el fin de su persona, los poros de su espíritu se abrieron lo suficiente como para que entrara en ella el éter de La Venerada. Un fenómeno erradicado del mundo desde los tiempos del matriarcado (a medida que sus retoños fueron ganando independencia, el vínculo místico Madre-hijos perdió gradualmente consistencia, como un río sin afluentes, hasta que los hijos se desprendieron por completo, cayendo de las ramas como plátanos ingratos, maltratando en su caída a su propia Madre, como si de una extraña se tratase, culpándola inclusive de sus penurias). Por más que La Señora hizo intentos de diálogo, fracasó en todos ellos. Desde entonces vivió encerrada dentro de sí, muda e invisible, como si no existiera, como si sólo fuese una piedra inerte. Hasta ese momento, cuando la princesa aflojó por entero su voluntad y se dejó llevar hacia Ella.

Las conciencias de La Madre y la hija se entrelazaron en espirales, en un abrazo que se concretó en la dimensión de los sueños. La Madre habló. La hija escuchó y entendió. La Señora le mostró grabaciones del pasado remoto. La hija se encontró en la cima de una montaña, en el centro de una isla colosal, rodeada por una ciudad de manufactura exquisita, habitada por hombres y mujeres que sobrenadaban en el aire, como si la existencia no les pesara. El oxígeno transmitía sensaciones que se mezclaban con los anhelos más ilusorios de la mujer. Una poderosa resolución nació en su pecho: para esto estaba viva. Esto debía ser la vida, la verdadera. La vida que La Madre deseaba para sus hijos. El nombre de la ciudad reverberó en su mente, como las olas de una gota obstinada en el centro de un estanque. Se vio entonces sobre la colina en la que dormía. Era la misma colina y otra, los matorrales y la tierra que la cubrían habían sido retirados, revelando su identidad: era una construcción piramidal de piedras acopladas con precisión y concreto. Un lugar sano. Un lago se extendía a sus pies. La princesa comprendió la propuesta de La Madre y ratificó su decisión de subordinar su voluntad a la suya.

La transmutada princesa despertó conociendo su destino: bajo el amparo de Cuatlacobe erigiría una ciudad con los miembros restantes de Trollán, aquellos mismos que deseaban hincarle el diente. Una ciudad ya no humona, sino humana, ese era el proyecto. Regresó a buscarlos. Los encontró a la orilla de lo que fue un río. Al verla se desconcertaron por un instante, no podían creer que regresara por su voluntad. Para no perderla de nuevo corrieron como lobos detrás de ella. La escuálida se mantuvo inmóvil, hablándoles con calma:

-Por favor, mis hermanos, en nombre de nuestra Amada Madre Cuatlacobe, les suplico que me escuchen. Serenense por favor, no los quiero lastimar.

Las atrevidas palabras de la virgen enfurecieron aun más a sus atacantes. El primero en llegar trató de embestirla, se lanzó sobre su frágil cuerpo como un borrego alebrestado. Su cabeza chocó contra el pecho de la protegida como contra la pared de una montaña. Con las manos apretándose la frente, el cuerpo del atacante se torcía de dolor en el suelo. Al observar a su hermano vencido con tanta facilidad, el segundo y el tercero se acercaron a la desertora con mayor lentitud, la tomaron de cada antebrazo y quisieron arrastrarla hacia el grupo. Quisieron pero no pudieron. Era más fácil mover un roble adulto. Trataron de jalonearla pero la joven no se movía un milímetro. Como penúltima lección, como quitándose de encima una mosca, en un breve movimiento, la prendida empujó al de la izquierda varios metros hacia atrás. Tomó al de la derecha con ambas manos, dobló las rodillas para formar impulso y, como a un muñeco de trapo inflado con helio, lo lanzó hacia los cielos, a decenas de metros de altura. Los demás trollanos veían el vuelo con los ojos desbocados. La princesa no perdió de vista al lanzado. Calculó su trayectoria, colocándose en el punto de aterrizaje; lo atrapó como quien hace malabares con un limón y lo acostó en el suelo. El arrojado hiperventilaba y sus ojos daban vueltas sin parar. Los otros se postraron a los pies de La Bendita, en señal de rendición y alabanza. La adolescente les habló:

-Mis hermanos, he sido enviada por nuestra Señora Madre Cuatlacobe. Porque sacrifico mi voluntad ante la suya, me ha encontrado digna de sus bendiciones y desea que se las haga extensivas. Ella habló conmigo en mis sueños y me compartió su visión: una cultura de mejores hermanos, una sociedad que permita a los seres humonos evolucionar a seres humanos. En este mismo momento me transmite su fuerza ilimitada a través de las plantas de mis pies. Ella nos invita a colaborar en su misión. Nos proveerá de lo necesario para garantizar nuestro progreso. Es hora de olvidar nuestro sufrido pasado. Ha llegado el momento de canalizar nuestras conciencias hacia el futuro prometido. Lo haremos juntos, ustedes, yo y Ella a través mío. ¿Quién me acompañará?

Un poco por miedo y un mucho por ilusión, todos juraron lealtad a La Hija Sagrada.

-Ahora que he renacido, necesito un nuevo nombre para desterrar las fatalidades de nuestro pasado. Llámenme Taneke, la hija obediente. Nuestra Madre me dirá en los sueños lo que tenemos por hacer, y yo ofrendaré mis días a compartir sus indicaciones hasta que lleguen a cada uno de sus hijos. No me teman por favor, quiero para ustedes lo que para mí quiero. No necesitan esperar, ahora mismo pueden apagar sus miedos y sus hambres alimentándose de Ella. Sólo basta entregarse y creer en su poder. ¿Quién lo quiere? ¿Quién cree?

El que fue lanzado como mosca, el de la izquierda, se incorporó y encaminó sus pies hacia La Taneke:

-Yo quiero, y creo en lo que quiero.

Dijo sin titubear.

-Siente el calor de tu Madre subir por tus pies, deja que llene cada hueso, deja que mueva cada músculo.

Le instruyó La Taneke. El desnutrido converso giró hacia uno de sus lados, se dobló para tomar entre sus brazos una piedra tres veces más pesada que él. Soltó un resoplido y subió la enorme roca a la altura del pecho. La arrojó unos metros hacia el frente y corrió hacia los suyos como beisbolista hacia su equipo después de conectar el home-run de la victoria. Todos creyeron (¿quién dudaría de sus ojos?) y se unieron a la empresa.

El primer trabajo consistió en limpiar las pirámides de la antigua ciudad. Con las fuerzas engrosadas y la energía interminable, las limpiaron en días. Con las manos acorazadas por el amor de Cuatlacobe, excavaron pozos en los puntos señalados por La Venerada. Vigorizada por la confianza y el amor de sus hijos, La Señora empujó el agua para que brotara en la superficie, alimentando al lago que circundaría las pirámides. Con el miedo a la deshidratación alejado de los corazones de sus habitantes, nació Axtlantis, la ciudad de los hijos biencriados. Como lo había prometido, La Taneke consagró cada uno de sus días a informar a sus hermanos las indicaciones Maternas. Las directrices comprendían no sólo a los habitantes de Axtlantis, sino a un número creciente de tribus aledañas. En menos de una década, no hubo más sacrificios humonos en Anáwak. El cobijo de La Santa Madre se extendió a todos sus hijos en aquella esquina del mundo. Un experimento singular, un paréntesis en el patriarcado, una burbuja separada y protegida del mundo por el amor de una madre.

Para no repetir el mal fin que tuvo para Ella la era matriarcal, La Madre se valió de la experiencia posterior de sus propios hijos. Los olmocos desarrollaron 72 ciencias y durante miles de años acumularon valiosos y eficaces conocimientos, conocidos por el nombre de Troltecayogue. La Señora dispuso de esos saberes para hacer un mejor trabajo esta vez. No deseaba volver a sentirse tan sola, no quería perder de nuevo la custodia de sus hijos. Para conservarlos bajo su regazo por siempre, estaba al pendiente de todos y les resolvía todo lo que se encontraba a su alcance, que era mucho (gracias a sus naturales poderes, aderezados con la sabiduría olmoca). El imperio de paz axtlante creció como globo irrompible, ningún pueblo deseaba quedar fuera de la salvaguardia Divina.

Dos siglos antes del desencuentro, nació un niño excepcional en Axtlantis, hijo de La Taneke. Sus ojos tenían el color del jade y el poder de la seducción. Su madre lo amó con veneración desde que lo llevaba dentro. Cuando crezcas, tú serás El Primer Taneke, le susurró cuando registró su primera patada. Se valió de una difusa profecía olmoca que anticipaba la encarnación de un hombre despierto en el mundo, un ser humono con el cuerpo y el espíritu completamente integrados; un ser humano. Le llamó Ketzalcuate, como el sabio augurado. El niño creció en inteligencia y belleza. Cuando su madre se atrevió a declarar públicamente que su hijo sería El Primer Taneke, la mitad de la audiencia lo aplaudió, pues conocían sus capacidades y les apetecía el cambio de era. La otra mitad mostró sus reservas, como buenos conservadores renegaban ante cualquier cambio, a fin de cuentas, si las mujeres habían mostrado ser excelentes Tanekes, ¿para qué arriesgarse con un hombre? No hubo guerra civil porque a esas alturas la idea de pelear a puños a favor o en contra de algo ya no les cabía en la mente.

Las leves animosidades se calmaron en cuestión de días, El Primer Taneke manifestó una habilidad adivina y consejera sin precedentes. Sin necesidad de palabras, al colocar su frente sobre otra frente, en cosa de minutos, mostraba a sus hermanos menores el camino de convergencia entre el éxito personal y el colectivo. Ninguna Taneke exhibió alguna vez tal competencia. Para tomar medidas precautorias, Ellas informaban sobre cambios en el clima con potencial destructivo para Anáwak, o sobre cuándo, qué y cómo sembrar, o sobre las alquimias de las esferas lumínicas flotantes, o sobre la hechura y la conservación de los hielos, etc. Pero nunca recibieron detalles interpersonales (qué parejas les convenían (eran polígamos), cómo romper el bloqueó creativo, cuando y de quién embarazarse, cuando y a quién embarazar, en qué pueblos y ciudades emprender un tour, cuál era la manera más artística de morir, etc). Muy pronto la oposición se sumó a las filas que buscaban las clarividencias del Taneke. Era muy efectivo. Las visiones y sensaciones que transfería a su pueblo aseguraban el triunfo de todos. La tranquilidad visceral y mental preponderaba en Anáwak.

A pesar de que Axtlantis ya merecía el apelativo de paraíso terrenal, El Taneke Ketzalcuate incrementó aun más su prosperidad. Si se nos pidiera una hipérbole para expresar su esfuerzo, diríamos que entregó cada segundo de su vigilia a encauzar a sus hermanos. Dedicó su vida a entregar, uno a uno, los recados Maternos. Fue el primero en ser llamado El Adorado.

En sus últimos alientos, con el juicio ligeramente trastocado por la senilidad y la proximidad de la muerte, El Taneke Ketzalcuate prometió que regresaría del más allá. En sus minutos postreros intuyó que la inmortalidad se encontraba en el porvenir del ser humono. Pidió que despidieran su cuerpo en el mar del oriente.

-Regresaré en sentido contrario. Flotando sobre las aguas, a pleno sol. Lo intuí toda mi vida pero ahora estoy seguro. Habrá señales antes. Volveré un año 1-caña, y los elevaré por encima de las nubes. Sus descendientes lograrán convertirse en hijos más humildes, luego serán guerreros florecidos, y por último, todos sin excepción, serán entronizados como Ketzalcuates. Yo los guiaré, lo prometo.

Y cerró su alma. Sobre una canoa con serpientes esculpidas, símbolo preferido de Cuatlacobe, como si no avanzara, su cadáver se sumergió en el horizonte hacia el nacimiento del sol.





La muerte de Axtlantis



Con todo el amor de su núcleo magmático, Cuatlacobe protegió a los anawakas por diez generaciones más. Mimados por sus atenciones, los axtlantes fueron la cultura más amigable de la historia. Era tan profundo el sentimiento de aceptación de unos hacia otros que, durante siglos, no conocieron la soledad pesarosa, la culpabilidad que daña al sistema nervioso, la ira auto destructora o la depresión agobiante. Eran espejos unos para los otros, compartían la misma visión y el mismo propósito. Eran próximos y cuates; hermanos del cuerpo y del alma. Se sabían componentes sensibles de un ser mayor; una civilización patrocinada por La Divinidad (encarnada en El Taneke), una sociedad que les garantizaba dicha y bienestar. Su sentido del ser no se delimitaba a la pompa de la piel. Sus necesidades de logro y pertenencia no padecían hambre, ansiedad ni sed. El concepto de pelear había sido borrado de su imaginería por innecesario.

De entre los hijos del Taneke, a la muerte de este, La Diosa elegía al sucesor. En la primera luna llena subían a la pirámide todos los varones con realeza en la sangre. La Madre soplaba y la hija satelital jalaba, haciéndolos subir por el aire. El que más se elevaba, el de alma más ligera, era elegido como nuevo Taneke. Inexistente un método de selección gubernamental más efectivo.

Las centenas de tribus, pueblos y ciudades que se desperdigaban de mar a mar rendían tributo voluntario al Venerado, sus miembros más creativos, hábiles y despabilados, soñaban desde niños con migrar a la original ciudad de las luces, la mayoría cumplía ese anhelo al crecer. En los últimos años de Axtlantis, la habitaban 150 000 esmerados artistas. Era el imperio por excelencia; un reino de arte y transferencia de significado. Imposibilitado por la estrechez del tiempo de conectar, como hacían sus antecesores, su frente a la frente de todos los anawakas (sumaban cinco millones), El Taneke transmitía las disposiciones Maternas por capas jerárquicas; entregaba los mensajes a los axtlantes más talentosos y estos los repartían al resto por medio de representaciones teatrales, danzas, deportes, masajes, óperas, competencias sin perdedores, terapias colectivas, ritos sexuales, cines holográficos, acrobacias, meditaciones, etc. Ningún axtlante pensó en labrar las enseñanzas en piedra, ¿para qué, si estas fluían al mundo como un opulento río? ¿Acaso no sobraba con los recados escritos en las pirámides?

Los axtlantes invitaban a sus afiliados a considerarse axtlantes honorarios, corresponsables del milagro comunitario. Sin la contribución de cada uno de ustedes, Axtlantis no sería, se les recordaba su valor en los mensajes de bienvenida a la ciudad. Todo axtlante se decía también anawaka, y, como gesto de confraternidad recíproca, todo anawaka se declaraba no sólo hermano de los axtlantes, sino axtlante hecho y derecho. Los pueblos vecinos se esmeraban en ofrecerles sus mejores cosechas y bienes. También a ellos les tocaba una rebanada de la dicha divina del Taneke; el electromagnetismo de su Aura formaba un domo que recubría todas las tierras de Anáwak, un campo energético que les nutría con más entusiasmo que el maíz con chile en polvo. Entre más adoración llovía sobre El Plateado, más gloria y felicidad recibían los anawakas. Con gusto e inteligencia aportaban todos a la grandeza de Axtlantis. Contribuir al bienestar del Soñador era lo mismo que contribuir al de sí mismo y al de sus allegados. Un uroboros imponderable.

Aunque todos los días había presentaciones y visitantes, la ciudad se llenaba a reventar en las celebraciones de los solsticios. Había espectáculos sin parar. Gente de todas partes. Fuegos pirotécnicos toda la noche. Entretenimiento incesante… En la culminación del festejo, el espectáculo que nadie se perdía; El Bendito contraía matrimonio con una nueva esposa. A los concurrentes les escurría la felicidad por los ojos. Amaban al Taneke, verlo feliz les infundía la más adictiva de las euforias. Su dicha, sólo experimentada por Los Venerados, se movía por tejidos aespaciales de corazón a corazón, desencadenando una reacción en cadena, una voluptuosa implosión de significancia en cada testigo.

Cuando la luna llena coincidía con el solsticio, El Taneke embelesaba a su pueblo fosforeciendo como foco de neón, subía a la cumbre de la pirámide lunar y levitaba hacia su Hermana Coyolxauki, que lo abrazaba con sus brazos lumínicos. Sostenidos por su vínculo transpersonal, cerrados los ojos, de primera mano, todos los presentes experimentaban el portento de la ingravidez. Cuando El Amado aún se encontraba al alcance, sus mujeres lo tomaban de los pies para ser elevadas del suelo, los hijos tomaban luego los pies de sus madres para ser asimismo levantados. La red crecía hasta que ningún anawaka en la ciudad tocaba tierra, conformando un gigantesco árbol de navidad, compuesto por hasta un millón de reflectores humonos. En ese momento, El Volador empezaba a girar lentamente, y con Él, el inmenso tiovivo. El Plateado imprimía más velocidad a sus giros, provocando en los implicados emociones irreproducibles, inalcanzables por otros medios. No había pena ni enfermedad que no fuese curada por el vuelo rotatorio.

Se podría pensar que el desenvolvimiento de esta civilización iba en ascenso ininterrumpido hasta el incidente vilkingo, pero se pensaría con error. Desde una década antes, el calor arreció progresivamente. Ignorando que la intensidad en el brillo del Señor Tronaltiu se encontraba fuera de la injerencia de Cuatlacobe, los axtlantes hicieron caso omiso al cambio climático. El Taneke se jactaba de ser el elegido para la confluencia con los guerreros florecidos de otras tierras:

-Están muy cerca, Madre me los muestra cada noche. La calentura de los tiempos es una señal de su cercanía, cuando lleguen ya no habrá de qué preocuparse. El Señor vigila con atención vigorosa su camino, vienen de muy lejos.

No había motivos para dudar, todas sus predicciones habían acertado. Era un Taneke muy competente. Los axtlantes continuaron con sus vidas como si el estado del clima fuese una anomalía insignificante. Usaban el tiempo para crear (querían sorprender a los trascendidos con sus obras), para divertirse por las tardenoches (danzando o conociendo nuevos amantes) y para hacer conjeturas sobre la apariencia de los celestiales (si Tronaltiu los apadrina, deben de tener claras las pieles, deducían).

Sólo hasta después del fiasco vilkingo, los axtlantes voltearon hacia lo apremiante y resintieron otra patente intensificación en la voz del sol. Un grupo de alarmados axtlantes consultó al Tlatanékete. Les aseguró que no había motivos para la desazón, que todo marchaba dentro de los parámetros habituales. La confianza y el misticismo que en ellos desvelaba les ayudaron a tranquilizarse.

Pero la serenidad duró poco. El calor recrudeció a grados insoslayables. Aunque no podía admitirlo ante su gente, por primera vez en la vida, incluso El Venerado presentaba signos de desorientación. No entendía por qué La Diosa no les infló con las fuerzas que hubiesen aplastado a los vilkingos, evitando la muerte de tantos anawakas. No quería reconocer que los pelirrojos también fuesen hijos de La Señora, o sea, hermanos suyos. ¿Por qué la ofendieron si sí? ¿Por qué Ella no se ofendió? ¿A qué vinieron pues? Un tornado de preguntas lo vapuleaba por dentro. Como Madre Justa, Cuatlacobe no pudo decidirse a favor de algún bando. Cerrando ojos y oídos, se hizo de palo para no presenciar la masacre. Aunque los hubiese querido amamantar con su potencia para castigar a los injuriosos, no hubiese podido; el estado de barbarie al que cayeron los anawakas en nada se parecía a la entrega amorosa que la comunión Madre-hijo precisaba: un milagro sumamente sutil, un prodigio demasiado frágil como para omitir ingredientes. Al intentar reconectarse con El Hijo Obediente, ya no pudo. El resquemor que brotó en El Amado clausuró los tragaluces por los que le entraba la luz Materna. Desde el desencuentro, no hubo contacto entre ambos.

El Tlatanékete sufría por las noches, soñaba con el regreso vilkingo y sus consecuentes atrocidades, luego veía a sus hijos derretirse como velas en medio de una hoguera. Cuando las pesadillas se marchaban, los sueños le resultaban incomprensibles, no entendía su enredada lógica. Apenas creía haber atrapado al mensaje escondido en el desorden cuando, al siguiente instante, se le esfumaba la certeza, escurriéndose de regreso a la absorbente obscuridad del caos. No sabía qué hacer. Su estilo de vida, el de Axtlantis y el de toda Anáwak dependía de las recomendaciones oníricas de su Madre. Y El Sol les demandaba algo con obstinación, ¿pero qué? ¿Qué deseaba El Señor de señores? Muy pronto sus hermanos acudirían al Venerado por respuestas que no tenía. Mientras tanto, Tronaltiu atizaba con fuerza ascendente. Sin clemencia, el miedo abría cavernas bajo la piel del Adorado.

Llegó el momento temido. Un grupo más numeroso de axtlantes acudió a su persona.

-¡Oh Señor, Hijo Predilecto de Cuatlacobe! ¡Hermano ejemplar y guía de nosotros todos! Hacia ti solo externamos admiración y cariño, ¡oh poderoso! Disculpa si incurrimos en insolencia al acudir de nueva cuenta en procura de tu consejo. Nuestra sabiduría es escasa comparada con la tuya pero no somos tan niños, puedes compartir con nosotros el peso de la verdad, dinos, ¿existe algún conflicto entre El Señor y La Señora? ¿Hay problemas maritales entre Nuestra Madre y su Esposo?

El Tlatanékete no lo había visto desde ese ángulo, y para hacer tiempo entre la verdad y su revelación, se apropió de la engañosa coyuntura.

-¿Eh? ¡Ah, sí! Este… al parecer sí, pero… deben entender que, dada la naturaleza íntima del conflicto, Nuestra Madre no me ha desvelado gran cosa. Y yo, su hijo más humilde, obediente y vencedor, he sido respetuoso con su silencio.

-Eso sospechamos Señor, y si nos permites el atrevimiento, te compartiremos nuestras inquietudes. Desde que eres Adorado, no se han efectuado ampliaciones a ningún templo. El último trabajo fue realizado por tu padre; la ampliación de la pirámide de nuestra Hermana Coyolxauki. Creemos entender lo que nuestro Señor Tronaltiu nos pide; con sus poderosos rayos nos vocifera que desea una ampliación para su pirámide, ¿es así?

El Tlatanékete encontró una salida a su dilema, la extensión tomaría varios años, quizá en ese tiempo su Madre daría el brazo a torcer y promulgaría el cese de la ley del hielo. Debía prolongar el engaño. Una catástrofe se ceñiría sobre Anáwak si admitía a sus hermanitos lo abisal de sus temores, el pánico timonearía y es el más pernicioso de los gobernantes; lo destruye todo con la mayor de las prisas. Tenía que sortearlo a cualquier precio. Según diversos eruditos, en ese instante nació la demagogia política en esta región cristalina del mundo; por primera vez, no sin dificultades, El Bendito mintió a los suyos para ganar tiempo:

-¡Ah, este…! ¡S-sí! ¡E-eso precisamente quería decirles pero se me adelantaron! Anoche… soñé que… este… con… con… ¡un eclipse lunar! Una evidente señal de que nuestro Señor Tronaltiu ya no está dispuesto a sentirse menos que nuestra hermana. Le llegó su turno. A gritos nos conmina a agrandar su templo. He dispuesto que los preparativos inicien de inmediato.

-Pero… ¿y si Nuestra Madre se ofende?

El Tlatanékete no pensó en la reacción Maternal pero ya no podía retractarse, y continuó con la mentira.

-Nuestra Madre está dispuesta a aceptar el aumento, reconoce que Tronaltiu lo merece, es un Señor con los rayos bien puestos. Como siempre, nos ayudará en la arquitectura, ingeniería y mano de obra.

Los confluentes estallaron de alborozo, finalmente la luz titilaba al final del túnel; regresar a la normalidad sería cuestión de tiempo. Volvía el entusiasmo. Al Tlatanékete le temblaban los huesos, no podía creer que le cupiera tanta mitomanía dentro. ¿Por qué aseguró lo último? Si su Madre no reanudaba el diálogo, ¿cómo cumpliría la promesa? ¿Quién se encargaría de la planificación y las operaciones? Su Madre se enteraría de la colosal mentira, indudablemente, ¿lo castigaría por mentir? ¿Cómo saberlo, si era un mentiroso primerizo? Pudo más el resentimiento que experimentaba hacia Ella, antes inimaginable, y aplacó el temor a ofenderla. Resolvió condolerse de sí mismo por no recibir avisos de las tenebrosas motivaciones vilkingas. Era un huérfano. Pero no podía manifestar su languidez, su misión era proteger a sus hermanos axtlantes de los tormentos del caos, incluso si para salvarlos debía mentirles.

Con las rutas de correspondencia clausuradas, El Tlatanékete no tenía forma de saber que La Madre deseaba que sus hijos blancos fraternizaran con los cafés (¿qué madre no querría eso?). Pero ni siquiera Ella sabía cómo reaccionarían sus vástagos. Los sabía tan similares y tan distintos. Le faltó un medio cero para estar segura de que se agradarían. En ninguna de sus fantasías imaginó que sería Ella la causa de la disputa. No estaba molesta con ninguno, sino triste; no hay aflicción más grande para una madre que ver a sus hijos pelear a muerte. Y para remarcar la desgracia, el agujero que derribó los puentes afectivos que la unían a su Hijo, quien la quiso menos desde la debacle, lo suficiente como para que ya no pudiera entrar en sus ensueños. Cuatlacobe se estiró lo más que pudo para escuchar los rezos nocturnos de su Hijo, que requería de los cuidados de su Madre con una desesperación terminante, y que terminó por someter su orgullo para solicitar su clemencia:

-¡Mi Madrecita Adorada! ¿Qué hicimos mal? ¿Fui yo el que falló? Estoy perdido sin tu asistencia. Soy tan pequeño sin tu socorro. ¿Te enojaste conmigo? ¿Cómo te contento? Te amo tanto como en nuestro primer abrazo, Mamita. Soy tan tuyo. ¿Cómo puedes dudarlo? Háblame. Vuelve, por favor. Perdona si me distancié. Atibórrame de ti, déjame ver lo que ves. Muéstrame el camino. Mi Veneradita, te amo y confío en ti más que nunca.

La Madre lloró de amor y añoranza. La Diosa buscó en su espaciosa memoria por una solución al dilema. El fugaz acercamiento con su hijo le mostró un bosquejo de sus intenciones. Le pareció buena idea que sus retoños se entretuvieran con la ampliación mientras preparaba la cura para sus corazones rotos. Halló en sus recuerdos a un aliado tan poderoso como peligroso. Haciendo un esfuerzo supremo, como si cargara al cosmos de evento horizonte a evento horizonte, mostró una imagen sostenida a la mente de su Hijo ya dormido: la fotografía de un alpeyote enterrado en el monte. Descuidando el resto de sus incalculables ocupaciones, mantuvo la imagen hasta que le sobrevino el desmayo, sin saber si El Tlatanékete la recordaría al despertar.


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